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Para muchos esta isla de las Fiji es el
auténtico paraíso. Cuando parece que ya no quedan sitios donde
relajarse, Wakaya se muestra ante nosotros con todo su esplendor.
Wakaya es una isla privada, hermosa y muy
bien conservada. Durante mucho tiempo, este paraíso ha permanecido
ajeno al mundo exterior. Este es el motivo por el cual sus bosques
están intactos, sus playas resplandecen y el arrecife que rodea la
isla no ha sido destrozado. El motivo de este aislamiento debe
buscarse en su historia.
En 1789, llego a Wakaya, el primer explorador europeo, el capitán
William Bligh, inmortalizado en el cine a través de Charles Laughton,
Treword Howards y Anthony Hopkins, a causa de la aventura del
Bountry. Cuando Bligh avistó Wakaya ya había ocurrido el motín. El
capitán se encontraba en medio de su esforzada travesía entre Tahití
y Batavia. Quiso poner pie en la isla pero los indígenas que la
habitaban lo expulsaron violentamente y el lugar fue dado al olvido
por parte de los europeos.
Casi cincuenta años después, el capitán Houghton compró la isla “a
perpetuidad” al cacique local por la módica cantidad de doscientos
dólares. Lo interesante del caso es que el Registro de la Propiedad
de Fiji reconoce plenamente esa venta, por lo que Wakaya ha sido una
isla privada desde entonces y lo seguirá siendo; para siempre y para
disfrute de los elegidos.
Wakaya no es precisamente un islote de esos a los que se puede dar
la vuelta en cinco minutos. En sus trece kilómetros cuadrados hay
colinas de algunos cientos de metros de altura que acaban en
precipicios imponentes, bosques donde los ciervos salvajes campan a
sus anchas, y playas que parecen el último rincón del mundo. Este es
el enclave que pueden disfrutar los clientes del Wakaya Club, el
hotel más exclusivo del Pacífico.
Para llegar aquí sólo hay un medio: volar en una pequeña Cesna, que
es toda la flota de Air Wakaya. El trayecto dura poco más de veinte
minutos, desde el aeropuerto de Suva, la capital de las Fiji. Desde
el aire, la isla parece una estampa sacada de un viejo álbum. Una
masa de vegetación tupida cubre la mayor parte de su extensión y
sólo destacan los trazos blancos de las playas. A su alrededor,
aguas turquesas protegidas por una barrera de arrecifes. Todo lo
demás es océano azul oscuro.
En el extremo norte apenas se distinguen las instalaciones del Club,
casi escondidas entre las palmeras. Nada más salir del avión, el
viajero recibe la bienvenida del director del complejo. Después, en
un todoterreno, se llega al Club. Y empieza el descubrimiento de la
isla. La pista atraviesa el bosque. Desde el primer momento uno se
siente en un lugar privilegiado. No es raro encontrar alguna manada
de ciervos salvajes durante el trayecto.
Aunque Wakaya es bastante grande se ha optado por crear uno de los
hoteles con menos capacidad del mundo. Sólo ocho parejas pueden
disfrutarlo. Las habitaciones son verdaderas casas, construidas
según las características centenarias de la arquitectura tradicional
de Fiji. Las cabañas, llamadas mbure, se hallan a lo largo de una
playa, a una conveniente distancia una de otra, en un inmenso jardín
de palmeras y flores. Las mbure no tienen número. Han sido
bautizadas con los nombres de las distinta flores que crecen en la
isla. Todas tienen 4 habitaciones: salón, dormitorio, cuarto de baño
y aseos.
Los menús están preparados, casi exclusivamente, con materias primas
procedentes de la isla: pescado, verduras cultivadas en un pequeño
huerto biológico o, incluso, carne de ciervo. Las comidas,
consumiciones, la práctica del submarinismo y el juego del golf,
están incluidos en el precio.
Al pasear por la isla es muy difícil cruzarse con otra persona. Los
únicos habitantes de Wakaya son los trabajadores del Club, para los
que se ha construido una pequeña aldea. El resto de la isla es un
trozo virgen del Pacífico, donde pastan ciervos y caballos grises. |