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Martinica es una porción
de Francia situada en los trópicos. Los isleños siguen los dictados de
la moda parisina, consumen baguettes y croissants y pagan con francos.
Sin embargo, la música zouk que suena en los aparatos magnetofónicos,
los bares y las salas de fiesta nos recuerda que sus habitantes tienen
una cultura propia, imbuida sólidamente en las tradiciones criollas de
las Antillas. Su capital, Fort-de-France, una urbe
moderna y elegante de cien mil habitantes, constituye la mayor de las
Antillas francesas. Gran parte de la isla está urbanizada, y sus
ciudades más relevantes podrían confundirse con modernas barriadas. No
obstante, casi una tercera parte está ocupada por bosques, y otras
muchas zonas están destinadas al cultivo de piñas, plátanos y caña de
azúcar. Aún es posible encontrar algunos pueblos de pescadores y playas
apartadas, así como multitud de senderos por las montañas.
Fort-de-France
Si bien Fort-de-France es la ciudad más grande y cosmopolita
de las Antillas francesas, gran parte de su encanto reside en su
emplazamiento natural a orillas de la Baie des Flamands (bahía de los
flamencos), enmarcada por los Pitons du Carbet, que se erigen hacia el
Norte. La mezcla de callejuelas estrechas y bulliciosas, parques,
oficinas y edificios de finales del siglo XIX, que albergan boutiques y
cafeterías, le confieren un cierto glamour.
El centro de la urbe está dominado por la Savane, un
gran parque con fuentes, palmeras y donde se organizan conciertos al
aire libre. Igualmente situado frente al mar, el parque floral
cuenta con un mercado público donde se pueden comprar cocos y demás
productos típicos de la isla; cerca de allí se encuentra un mercado de
pescado.
Entre los edificios más relevantes destaca la biblioteca
Schoelcher, un edificio pintoresco y cuidado provisto de una cúpula
bizantina, cuyo diseño corresponde al arquitecto Henri Pick, quien la
construyó en París para la Exposición Universal de 1889; posteriormente
fue desmantelada y trasladada en barco a Fort-de-France, donde se
reconstruyó. La catedral de Saint-Louis, otra creación de Pick,
data de 1895 y contiene unas magníficas vidrieras y un órgano inmenso.
Entre otros lugares de interés, cabe citar el palacio de
Justicia, edificio neoclásico de 1906 que se asemeja a una estación
de trenes francesa; el Museo Departamental de Arqueología, cuyas
exposiciones se basan en el pasado amerindio de la isla; y el Acuario
de Martinica, que muestra especies del hábitat de los ríos
tropicales.
Saint-Pierre
Denominada en otros tiempos el Pequeño París de las Antillas y antigua
capital de Martinica, Saint-Pierre avanza a la sombra de su pasado
cosmopolita y del volcán que la destruyó por completo en 1902. Los
habitantes de la isla la reconstruyeron tras la erupción, y gran parte
de ella aún conserva el emboque de finales del siglo XIX, con sus
balcones de hierro forjado y sus contraventanas. El Museo
Vulcanológico muestra numerosos objetos que sufrieron los efectos de
la erupción, como arroz petrificado y clavos fundidos. Desde las
escaleras que se alzan sobre las ruinas del antiguo teatro, se pueden
contemplar los vestigios del pasado más remoto de la ciudad.
Anse Turin, una larga playa de arena gris situada al sur de
Saint-Pierre, incorpora en su demarcación el Museo Paul Gauguin,
templo de uno de los mejores pintores posimpresionistas. Se puede
curiosear entre los recuerdos, cartas y reproducciones de los cuadros
del artista, incluidos Bord de Mer I y L'Anse Turin - avec les
raisiniers, que fueron creados en la playa colindante durante los cinco
meses que el pintor permaneció en Martinica en 1887.
Route de la Trace
La Route de la Trace (ruta de la huella) sigue un sendero por las
montañas, al norte de Fort-de-France, marcado por los jesuitas del siglo
XVI. Atraviesa una selva de elevados helechos, laderas cubiertas de
anturios y matas de bambúes, y cruza la vertiente oriental de las
montañas volcánicas de Pitons du Carbet. Los isleños achacan los
zigzagueos de la carretera a la afición de los jesuitas al ron.
A menos de diez minutos en coche desde la capital se encuentra la
iglesia de Balata, réplica en menores dimensiones de la basílica del
Sacré-Coeur de París. La vista desde su cúpula romano-bizantina abarca
desde Fort-de-France hasta la zona turística de Pointe du Bout. A diez
minutos por carretera se halla el jardín de Balata, un jardín
botánico emplazado en una selva tropical con senderos que serpentean
entre árboles y flores tropicales, como el jengibre, la heliconia, los
anturios y las bromelias.
Les Salines
Para aquellos que deseen tomar el sol resulta muy recomendable la punta
sur de la isla, poco explotada y donde se encuentra una de las mejores
playas: Les Salines. El árido clima de esta zona hace que el cielo
permanezca soleado cuando en la isla dominan las nubosidades. La playa
atrae a numerosos visitantes los fines de semana y en vacaciones, pero
es suficientemente grande y no se producen aglomeraciones. El nombre de
Les Salines procede del Étang des Salines (estanque de las salinas), el
enorme embalse de agua salada ubicado detrás. Conviene tener cuidado con
los árboles venenosos Manchineel Trees (hippomane mancinella), la
mayoría señalados con una marca roja, que crecen en la playa,
especialmente en el extremo suroriental.
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| Fort
France - Martinica |
Actividades Las montañas de
Martinica posibilitan sencillas excursiones desde Fort-de-France,
especialmente por la selva de Pitons du Carbet o las ruinas del Château
Dubuc, en la península Caravelle. Otros caminos más arduos ascienden por
las vertientes de la montaña Pelée, en el extremo noroccidental de la
isla, y alrededor de la costa norte, menos explotada.
En la costa suroccidental se encuentran las mejores playas de
arena blanca o dorada; constituyen el mejor lugar para bañarse y
nadar. Las playas de arena gris y negra de la costa nororiental
suelen ser más peligrosas. En la zona de Trois-Ilets se hallan las
concurridas playas de Anse-à-l'Ane y Anse Mitan. Entre las más conocidas
de la costa este se encuentran Cap Chevalier y Macabou, al Sur, y las de
la península Caravelle de Anse l'Étang y Tartane.
Durante la erupción volcánica de 1902 se hundieron más de una docena de
barcos en la bahía de Saint-Pierre, un incentivo añadido para practicar
el submarinismo. Grand Anse, con sus tranquilas aguas y precioso
coral, resulta un lugar apropiado para aquellos que deseen iniciarse en
el deporte del buceo. Cap Enragé, al norte de Case-Pilote, cuenta con
numerosas cuevas submarinas que albergan cientos de peces y langostas.
Rocher du Diamant (peñasco del diamante) también ofrece la posibilidad
de descubrir sus cuevas, aunque las aguas son más traicioneras. Ilet la
Perle, roca que se alza en la costa noroccidental, es el enclave idóneo
para observar meros, anguilas y langostas, siempre que el mar no esté
demasiado embravecido. Se puede practicar el buceo con tubo
alrededor de Grand Anse, Sainte-Anne y la costa de Saint-Pierre a Anse
Céron. |