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Antaño, las islas del océano Índico eran
prácticamente desconocidas como destino turístico. Cuando una mayoría
imaginaba palmeras y vientos alisios, arena blanca y el azul del mar, se
dibujaba en la mente los Mares del Sur.
En la actualidad esta forma de
pensar ha sufrido un giro sustancial. Al séptimo mar se le están
reconociendo sus atractivos, y los viajeros pueden constatar con
satisfacción que los precios están incluso disminuyendo, factor que
anima a visitantes de los más variados presupuestos a descubrir sus
maravillas. Mauricio está considerada la isla más accesible del océano
Índico; puede presumir de ser un paraíso tropical, pero a un precio
exiguo, después de haber llegado, claro.
Aunque arrellanada junto a la costa
oriental de África, Mauricio ha absorbido en mayor medida sus vínculos
británicos y franceses, junto a la numerosa mano de obra india recibida.
Permite disfrutar de un plato de garbanzos al curry o un buen pudín de
Yorkshire en la terraza de una cafetería francesa, degustando un vino
importado o una espesa cerveza inglesa, mientras suena música criolla
mezclada con el ruido de fondo originado por conversaciones en diversas
lenguas. La amalgama de servicios que Mauricio oferta a los visitantes
incluye desde lujosos hoteles en la playa dispuestos a satisfacer
cualquier necesidad de sus clientes (con excursiones organizadas), a
habitaciones, junto al automóvil, que alquilan los lugareños al viajero.
Si el mayor deseo se focaliza en unas tranquilas vacaciones en la playa,
Mauricio se erige como un destino apropiado; pero se debe recordar el
laberíntico interior de la isla y la multicultural Port Louis, su
capital.
Las olas del tsunami que azotaron el
océano índico en 2004 sumergieron un pueblo entero en el norte de la
isla, sin embargo, no ha habido constancia de víctimas.
Port Louis
Port Louis, la pujante capital, rodeada por las montañas del
extremo noroeste de la isla, puede considerarse una gran metrópoli (en
relación al tamaño de Mauricio), aunque en ella habita una proporción
relativamente pequeña de la población del país. Durante el día, se vive
el gran bullicio propio de una ciudad con intensa actividad comercial:
atascos de tráfico, ruido de bocinas,... Al anochecer, por el contrario,
impera la calma, a excepción del recién construido y elegante complejo
comercial Le Caudan, que dispone de casino, cines, comercios,
bares y restaurantes junto al mar. Existe una zona claramente musulmana,
en los alrededores de la plaza Muammar el Gaddafi (situada,
curiosamente, en el extremo opuesto a lugar donde se halla la calle John
F. Kennedy), y un barrio chino alrededor de la vía Royal. El centro
urbano se puede cubrir fácilmente a pie.
Un enclave adecuado para hacerse una idea de la forma de vida
en la población se focaliza en el mercado Port Louis, junto al
mar, en el corazón del casco urbano. El mercado ofrece puestos de frutas
y verduras, carnes y pescado, recuerdos, artesanía, ropa y especias; el
visitante debe ir preparado para practicar su destreza con el regateo.
En el mismo barrio se halla el Museo de Historia Natural, al que
acuden numerosos visitantes para admirar una réplica disecada del dodo,
el insólito miembro de un grupo de palomas, extinguido desde finales del
siglo XVII. El centro alberga igualmente representaciones disecadas de
otras aves extinguidas, así como algunos ejemplares de animales
terrestres y de peces que no han desaparecido. En la ciudad únicamente
existe otra institución que organiza exposiciones con regularidad: el
Museo Postal de Mauricio, que presenta su colección de sellos
mauricianos y otras exhibiciones filatélicas.
Los interesados en la arquitectura islámica pueden acercarse
a la mezquita Jummah, construida en la década de 1850 y
extrañamente situada en pleno barrio chino, y al fuerte Adelaide,
que recuerda tanto a un fortín moro que los lugareños lo denominan la
Ciudadela. Es el único de los cuatro fuertes británicos de Port Louis
que permanece en pie y al que se puede acceder; las vistas desde la
parte más alta, y que avistan el puerto, son fantásticas.
La capilla del Padre Laval, el Lourdes del océano
Índico, se ubica al noreste del centro de la urbe, en Saint-Croix. El
padre Laval, de quien se dice que convirtió a más de sesenta y siete mil
personas durante sus veintitrés años en Mauricio, es recordado con una
colorida estatua de yeso emplazada sobre su tumba. Los peregrinos están
convencidos de los poderes curativos de este monumento, y acuden en
tropel a tocarla. |