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Cartago
A pesar de la fascinante historia de Cartago y la
posición de dominio que mantuvo en el mundo antiguo, los romanos
hicieron tal trabajo de demolición que las ruinas actuales son algo
decepcionantes. Casi todo lo que queda es de origen romano; ningún
resto púnico. Hay seis centros de interés, y lo más fastidioso para
el visitante es que están dispersos y muy distantes unos de otros.
Para salvar este inconveniente, se puede tomar la línea TGM (tren
ligero), que atraviesa la zona, pero se advierte que, aún así, hay
que caminar bastante.
El mejor punto de partida es la colina de Byrsa,
que domina la zona y proporciona una perspectiva general desde su
cima. A sus pies se encuentra la catedral de St Louis,
visible desde algunos kilómetros a la redonda.
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Ruinas romanas de Cartago - Tunez |
Es una construcción de proporciones descomunales, que
fue erigida por los franceses en 1890 y dedicada al rey-santo del
siglo XIII, que murió a orillas de
Cartago, en 1270, durante la octava cruzada. Aunque fue
desconsagrada y clausurada durante años, ahora ha sido restaurada y
abierta al público. El Museo Nacional es el gran edificio
blanco ubicado en la parte posterior de la catedral, y sus
exposiciones, renovadas, merecen un vistazo. La muestra púnica, en
la planta superior, es muy recomendable.
El anfiteatro romano en la parte occidental de
Byrsa, a 15 minutos andando desde el museo, fue uno de los más
grandes del Imperio, aunque hoy queda poco de su esplendor. La
mayoría de sus piedras fueron extraídas para otros proyectos de
construcción en siglos posteriores. El conjunto de enormes
cisternas situado al noreste del anfiteatro constituía el
principal suministro de agua de Cartago durante la era romana; ahora
se hallan en ruinas y las dificultades de acceso, entre espinosas
chumberas, hacen que apenas merezca el esfuerzo.
Las termas de Antonino se localizan al Sur, en
el frente marítimo, e impresionan básicamente por su tamaño y
situación. El barrio de Magon es otro parque arqueológico
próximo al mar, a unos pocos metros al sur de los baños.
Excavaciones recientes han descubierto una interesante zona
residencial.
El santuario de Tofet ha suscitado un gran
interés desde que fue excavado por primera vez en 1921. El Tofet era
un lugar de sacrificios con un cementerio anexo, donde los hijos de
los nobles cartagineses eran asesinados y quemados para apaciguar a
las deidades de Baal Hammon y Tanit. En la actualidad es poco más
que una parcela llena de maleza con algunas fosas.
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Legado Bereber en Túnez |
Dougga
Las ruinas romanas de Dougga, a 105 km al suroeste de
la capital, se consideran las más espectaculares y mejor conservadas
del país. Ocupan una prominente posición al borde de las montañas de
Tebersouk, dominando el fértil valle de Oued Kalled, donde se
cultiva trigo. El yacimiento fue ocupado hasta principios de la
década de 1950, cuando los residentes fueron evacuados para
contribuir a preservar las ruinas.
En Dougga hay mucho que ver y merece la pena
contratar un guía autorizado. El primer monumento que se aprecia es
el teatro, con capacidad para 3.500 espectadores y construido
en la ladera en el año 188 d.C. por uno de los habitantes adinerados
de la ciudad. Ha sido reconstruido y es el escenario idóneo para las
iluminadas representaciones de teatro clásico del Festival de Dougga
que se celebra en julio y agosto. Un poco más allá, un sendero
conduce al templo de Saturno, erigido en el emplazamiento de
un templo anterior dedicado a Baal Hammon. Al suroeste del teatro,
una sinuosa calle conduce a la plaza de los Vientos, donde el
pavimento está dispuesto como un enorme compás y enumera los nombres
de doce vientos. Otro templo bordea la plaza al Norte, mientras que
el mercado y el capitolio están situados al Sur y al Oeste,
respectivamente.
El capitolio es uno de los monumentos más
extraordinarios del país, que fue erigido en el año 166 d.C. Seis
estriadas columnas sostienen el pórtico, que está a unos ocho metros
por encima del suelo. El friso posee una escultura apenas
erosionada, hecho infrecuente, que muestra al emperador Antonio Pío
entre las garras de un águila. Dentro existía una enorme estatua de
Júpiter, cuyos fragmentos se guardan ahora en el Museo del Bardo, en
Túnez. Cerca, la casa de Dionisos y Ulises fue antiguamente
una suntuosa residencia; en ella se encontró un mosaico que muestra
a este último hipnotizado por las sirenas (actualmente forma parte
del Museo del Bardo, en la capital).
El-Jem
Hay pocos monumentos más deslumbrantes que El-Jem, el
bien conservado y antiguo coliseo -casi tan grande como el de Roma-,
que empequeñece los edificios de la ciudad moderna. Erigido en una
meseta a medio camino entre Susa y Sfax, a unos 210 km al sur de la
capital, El-Jem puede divisarse desde varios kilómetros a la
redonda, dominando por completo la zona.
El coliseo, construido entre los años 230 y 238 d.C.,
ha sido utilizado como puesto defensivo en numerosas ocasiones.
Sufrió graves desperfectos en el siglo XVII, cuando las tropas de
Mohammed Bey abrieron un boquete en el muro occidental para hacer
salir a los miembros de la tribu local que se habían rebelado contra
los impuestos exigidos. La brecha se ensanchó todavía más durante
una rebelión en el año 1850, pero, por fortuna, en la actualidad se
concede mucha importancia a su conservación y ha sido declarado
Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.
Con una capacidad para 30.000 personas (una cifra que
supera al de la población de la ciudad), es uno de los monumentos
romanos más impresionantes de África. Aún se puede ascender hasta
las gradas superiores y observar la arena, o explorar los dos largos
pasadizos subterráneos que en otros tiempos albergaban a
gladiadores, animales e infelices condenados.
Tozeur
Tozeur es una de las paradas más demandadas por los
viajeros, y lo ha sido desde el período capsiense (hacia el año 8000
a.C.). Sus principales atractivos radican en un casco antiguo
laberíntico, un interesante museo y un extenso palmeral en la punta
septentrional de Chott el-Jerid. A unos 435 km al suroeste de la
capital, el camino se torna emocionante: la carretera de Kebili
atraviesa un chott (laguna salada desecada) por un paso
elevado.
El evocador barrio antiguo de la ciudad, Ouled el-Hadef,
fue construido en el siglo XIV d.C. para alojar al clan de El-Hadef,
que se enriqueció con el comercio de las caravanas. Es una maraña de
estrechos callejones cubiertos y de diminutas plazas y ha adquirido
fama por sus métodos genuinos de fabricación de ladrillos. Existe un
pequeño, pero notable, museo de arqueología que merece una visita.
Además del Museo del Bardo de la capital, el Museo
de Dar Charait es el otro gran museo del país por el que vale la
pena desviarse de la ruta. Exhibe una amplia colección de cerámica y
antigüedades. Posee una galería de arte y habitaciones conformadas
como réplicas de la vida tunecina, pasada y presente. Incluyen la
habitación del último bey, un decorado palaciego, unos baños (hammam)
y una tienda beduina. Los guardas del museo, vestidos como
sirvientes del bey, colaboran con su aspecto a entrar en el
ambiente.
El palmeral de Tozeur es el segundo de mayor
tamaño de Túnez, con cerca de doscientas mil palmeras en una
superficie de más de 10 km². Es un clásico ejemplo de agricultura de
oasis en terraza y se halla surtida por más de doscientos
manantiales, que producen unos sesenta millones de litros de agua al
día. El mejor modo de explorar el palmeral es a pie o en bicicleta,
que se puede alquilar en la entrada.
Matmata
En ninguna otra parte de Túnez el turismo organizado
es tan desmesurado como en el pueblecito de Matmata, a 400 km al sur
de la capital, en la costa sureste. Las casas subterráneas de este
poblado troglodita han demostrado ser un reclamo irresistible para
los turistas o para los viajeros que acceden al lugar en vehículos
todoterreno tras un safari por el desierto.
No es difícil entender por qué no dejan de acudir
autobuses. El pasaje desprende un aire casi surrealista, con un
entorno un tanto lunar. Sin duda ése es el motivo por el que fue
elegido como lugar de filmación para las escenas de desierto de la
película La guerra de las galaxias. Los bereberes de la zona
construyeron viviendas subterráneas hace más de mil años para
escapar del extremo calor del verano. Todas las casas son
prácticamente idénticas, con un patio excavado a unos 6 m de
profundidad y habitaciones en túneles abiertos en los lados. Las más
amplias cuentan con dos o tres patios y se accede a ellas a través
de una estrecha escalera desde el patio hasta la superficie.
Si se pretende ver Matmata por cuenta propia (siempre
hay guías disponibles), lo adecuado es visitar los hoteles. Conviene
llegar al final de la tarde, después de que los autobuses de
turistas hayan partido, y dar un paseo hasta más allá del hotel Ksar
Amazigh. Desde allí, hay buenas vistas de Matmata, que queda atrás,
y del valle de Oued Barrak, al Norte. De regreso, hay que saciar la
sed en el bar del hotel Sidi Driss (la famosa cantina de La
guerra de las galaxias) y asomarse al hotel Les Berberes y al
hotel Marhala. Así se habrá visto lo más notable de la ciudad.
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